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CIRO DE MEDELLÍN, Jaime Jaramillo Escobar (Sombrero de Ahogado)
Cuando
le conocí,
El
maestro Ciro Mendía estaba completamente ciego,
Y
se veía obligado a depender de personas que le robaban a cambio de la más
mínima caridad.
El
maestro Ciro Mendía, que había escrito tan jocundos versos,
Estaba
en ese año de 1978 sin un plato en qué comer,
Pero
tampoco tenía qué comer ni comía.
Tomaba
aguardiente a pico de botella con cáscaras blancas de limón,
Y
se arrastraba hasta el andén para rogar a algún transeúnte apresurado
Que
le tomara al dictado los versos que había compuesto durante el día de insomnio,
Pero
nadie tenía tiempo para ocuparse de semejante cosa,
Y
el poeta repetía sus versos hasta que se le olvidaban.
Le
habían hecho completamente a un lado por sus ideas “de izquierda”,
Que
nunca supo lo que hacía su derecha,
Porque
la mano izquierda es analfabeta.
En
ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una sola pregunta: “¿Cuánto
vale?”
Y
una sola respuesta: “¿Cuánto me rebaja?”,
Ciro
Mendía tenía el orgullo y la dignidad y la nobleza de la vieja raza,
Y
en la práctica había dejado de ser antioqueño, pues nunca me preguntó “¿Cuánto
le debo por su abrazo?”, “¿Cuánto me paga por el mío?”
–“Aquí
tiene un abrazo gratis, le deseo suerte, caballero, y le encimo esta mano
huesuda que ya no me sirve para nada”.
Cuando
le dieron el “Hacha de Antioquia”,
(esa
hachita dorada, un bibelot),
Él
la recibió y permaneció en silencio.
Cuando
todos los visitantes se fueron me dijo:
–“¡Tantos
rayos que caen, y no caerme uno a mí!”
Ya
estaba muy triste y muy flaco el maestro Ciro Mendía cuando le conocí.
El
gobierno local le había retirado la modesta pensión que le permitía sobrevivir,
porque también estaba muy viejo,
Y
sólo la fábrica de licores le mandaba botellas de aguardiente.
No
se resignaba el altivo maestro Ciro Mendía, no se resignaba sin embargo,
Y
en la nobleza de su rostro, en sus finas manos, en el ademán caballeroso, en
sus elegantes palabras,
El
poeta trataba de alzarse de sus cenizas, y en un esfuerzo sobrehumano trataba a
cada rato de volar.
Pero
ya sus huesos estaban muy tristes y todos quebrados desde la muerte de
Vladimiro,
Y
no era cuestión de buena voluntad ni de fuerza de ánimo,
Sino
un simple problema de gravedad.
Con
Vladimiro su hijo y con el Espíritu Santo, “esa paloma estúpida”,
Que
sin embargo representa la inteligencia como propiedad de la materia,
Se
encuentra en el reino de las chicharras y el cagajón,
Que
los mulos ponen gratis, pero los antioqueños lo recogen para venderlo por
libras de 400 gramos.
El
maestro Ciro Mendía, honor de su raza y de su pueblo,
Me
habla desde sus versos con entereza, con amor, con ternura y con ese humor a la
antioqueña que tanto hace reír al diablo.
No
me habla desde su estatua, porque en Medellín no hay ninguna estatua de Ciro
Mendía, ni maldita la falta que hace.
Si
hubiera sido un poeta antiguo, hubiese tenido su estatua de mármol,
Del
epicúreo mármol de Paros.
Pero
a pesar de ser antioqueño no tenía depósito de ahorros, ni propiedad raíz, ni
era socio de nada, ni estaba autorizado a portar tarjeta de crédito,
Es
decir, no era nadie,
Pues
en esta tierra donde cada poeta se considera el mejor del mundo,
Él
apenas se atrevía a ser el mejor de su calle.
Quedó
con la fama de no ser un poeta serio, porque no creía en nada,
Pero
de todos modos nos dejó esa risa maliciosa, socarrona, comprensiva,
Que
desborda inteligencia, bondad, aceptación y perdón.
Nadaismo: Contracultura, Literatura, Revolución
Fragmento del primer manifiesto Nadaista, por Gonzalo
Arango (1958)
XIII
Destruir un orden es por lo menos tan difícil como
crearlo. Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el
orden establecido. La aspiración fundamental del Nadaísmo es desacreditar ese
orden.
Al intentar este movimiento revolucionario, cumplimos esa
misión de la vida que se renueva cíclicamente, y que es, en síntesis, luchar
por liberar al espíritu de la resignación, y defender de lo inestable la
permanencia de ciertas adoraciones.
En esta sociedad en que la mentira está convertida
en orden, no hay nadie sobre quién triunfar, sino sobre uno mismo. Y luchar
contra los otros significa enseñarles a triunfar sobre ellos mismos.
La misión es ésta:
No dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio. Todo lo
que está consagrado como adorable por el orden imperante será examinado y
revisado. Se conservará solamente aquello que esté orientado hacia la
revolución, y que fundamente por su consistencia indestructible, los cimientos
de la sociedad nueva.
Lo demás será removido y destruido.
¿Hasta dónde llegaremos? El fin no importa desde el punto
de vista de la lucha. Porque no llegar es también el cumplimiento de un
destino.
Gaitán, por Gonzalo Arango
9 de Abril: la
misteriosa madeja del destino. La muerte de este hombre altera mi vida. Cuando
lo mataron, yo ni siquiera había nacido a una conciencia de ser. Era el fruto
bastardo de unas bodas entre la ignorancia y una ideología fetichista fundada
sobre el mito y la mala fe, que lo único que tenían de bueno era la inocencia
en que se inspiraban.
Yo contaba entonces 16 años
y tanto el pensamiento como la vida me eran frutos prohibidos. Lo poco que
sabía entonces se me había enseñado partiendo de una moral basada en el terror
al infierno. Quizá Gaitán había sido arrojado del altar de mi familia como un
camarada del demonio, pues sólo hasta ese viernes de 1948 oí por primera vez
mencionar su nombre: Habían asesinado a un caudillo en Bogotá. ¡Se llamaba
Jorge Eliécer Gaitán! Y la radio empezó a tronar los ecos fatídicos de una
revolución tardía y frustrada cuyos himnos eran de muerte.
La belleza de la revolución
se revolcaba en el lodo de la demencia y el crimen: el aborto era bautizado por
el diablo. Esa tarde, la Revolución se resbaló y cayó en el infierno de la
violencia. Después supe porqué. Aquella tarde no lo comprendí. Mi padre nos
encerró en un cuarto oscuro y nos rezó como siempre que había tormenta: “Aplaca
Señor Tu Ira, Tu Justicia y Tu Rigor...”. Y también: “Señor Dios de los
Ejércitos, llenos están los Cielos y la Tierra de la Majestad de Vuestra
Gloria...”. Para mí esas oraciones eran el fin del mundo, el diluvio y la
guerra. Yo rezaba y lloraba de espanto al mismo tiempo.
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